Cada 12 de octubre, día de la Hispanidad, me gusta escribir algo sobre el gran tesoro de nuestra cultura, nuestra fe y nuestro idioma. Hoy es un momento perfecto para trascender las visiones políticas y recordar la esencia inmutable que nos une: una cultura de mezcla, un idioma que es hogar para millones y una fe de vocación universal.
Como nicaragüense, tengo el gusto de haber recibido el amor por la hispanidad de alguien que supo articularlo en tiempos de crisis: Rubén Darío. El Príncipe de las Letras no solo renovó la poesía en español con el Modernismo; él transformó la derrota de 1898 (donde España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas frente a Estados Unidos) en un manifiesto de unidad cultural y espiritual continental. Darío nos enseñó que nuestra fuerza no reside en un imperio territorial, sino en la inmensidad de nuestro espíritu compartido.
El Español: Nuestro gran muro de contención y acogida
El idioma castellano es la columna vertebral de la Hispanidad. Es un tejido vivo, enriquecido por siglos de mestizaje y adaptado por veinte naciones. Darío, al vislumbrar la sombra del imperialismo, sintió una profunda angustia existencial ante la posible pérdida de nuestra voz. En su poema Los Cisnes, plasmó esa zozobra con una pregunta que aún resuena:
«¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?» (Los Cisnes, 1905)
Esta pregunta no era solo un temor lingüístico; era el pánico a perder nuestra identidad. Pero la realidad hispana se reveló como la respuesta: el español se convirtió en nuestro último y más firme bastión. Es un idioma de acogida, que no conoce fronteras. Es el gran idioma que absorbe la «sangre indígena,» el eco andaluz y el acento porteño. En su vastedad, todos son bienvenidos. El español no excluye; abraza.
La cultura de la mezcla y la supremacía espiritual
Frente al materialismo anglosajón que Darío criticó con fervor, nuestra cultura se define por su complejidad, su historia y su espiritualidad, cimentadas en la mezcla.
Darío definió al imperialista estadounidense como alguien que unía «al culto de Hércules el culto de Mammón» (A Roosevelt, 1904) (la fuerza militar y la avaricia capitalista). ¿Y qué opuso Darío a esa visión de poder ciego? La esencia de la América Hispana, que resumió en otra cita fundamental de su poema A Roosevelt:
«la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.» (A Roosevelt, 1904)
Aquí se encuentra el corazón de nuestra grandeza: la identidad hispana no se basa en la pureza, sino en esta maravillosa amalgama. Somos la suma de la herencia europea (la lengua) y la identidad precolombina (la sangre indígena). Nuestra cultura es, por definición, una cultura de inclusión. Quien busca la esencia hispana debe buscar la mezcla, la bienvenida y la mesa compartida.
La Fe universal que nos salva del materialismo
El elemento religioso que menciona Darío en su defensa —«aún reza a Jesucristo»— es crucial para entender el espíritu de nuestra civilización. La fe católica, por definición, es universal. La palabra católica misma significa universal y su misión siempre ha sido acoger a todos, buscando la salvación de toda la humanidad, sin distinción de raza o nación.
En el contexto de Darío, esta fe representaba el ancla espiritual frente a la expansión de un poder que él veía dominado únicamente por el dinero y la conquista. La espiritualidad hispana, con su énfasis en la ética y la trascendencia, se eleva como la fuerza moral capaz de contener la ambición desmedida. Como concluyó el poeta en su gran crítica al poder: «Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!» (A Roosevelt, 1904).
La profecía de la Esperanza
El legado de Darío es una lección de optimismo. Habiendo criticado la decadencia y enfrentado la amenaza, nos dejó una profecía de renovación en su Salutación del optimista, instando a la unidad bajo un mismo linaje cultural. Nos recordó que nuestra estirpe es «¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!» (Salutación del optimista, 1905)
Hoy celebramos esa sangre fecunda que ha dado paso a «mil cachorros sueltos del León Español» (A Roosevelt, 1904), jóvenes repúblicas vigorosas que se reconocen como hermanas. La Hispanidad es el proyecto cultural de la esperanza: una bandera de bienvenida para todos aquellos que valoran la palabra, la riqueza de la mezcla y un espíritu que se niega a rendir pleitesía al culto del materialismo.
Nuestra historia es la historia de la convergencia. Sigamos construyendo, desde la diversidad de nuestros acentos y naciones, la patria grande que Darío soñó: un espacio donde nuestro idioma acoge a los otros, y nuestra cultura se basa en la inagotable riqueza de la mezcla.




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