Sobre la intercesión de los santos: el caso del padre Odorico

Fray Odorico D'Andrea intercesión de los santos Paideia Católica

Juan Carlos Rivera Zelaya

17 de marzo de 2026

Hace unos días recibí un mensaje que contenía una inquietud muy honesta y, a la vez, cargada de los cuestionamientos que suelen surgir en nuestro diálogo con otros hermanos cristianos. El mensaje decía así:

«¿Por qué le rezan a un hombre que ya está muerto? ¿Por qué dicen que ese hombre puede interceder ante Dios si Dios no necesita de mediadores? ¿Por qué lo relacionan con la palabra Santidad si Santo solo es Dios?».

Estas preguntas adquieren una relevancia especial en estos días, cuando en la diócesis de Jinotega, y particularmente en San Rafael del Norte, se conmemora un aniversario más de la pascua en el Señor del Siervo de Dios Fray Odorico D’Andrea. Su fama de santidad y su proceso de beatificación nos invitan a profundizar en qué creemos realmente los católicos cuando hablamos de la comunión de los santos.

La Iglesia es un cuerpo vivo, no una suma de individuos

Para comprender la intercesión de los santos, primero debemos entender qué es la Iglesia. No es una simple organización humana ni un club de admiradores de Jesús. La Biblia nos enseña que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. En este cuerpo, Cristo es la Cabeza y nosotros somos sus miembros. San Pablo lo explica con una claridad asombrosa:

«Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular es un miembro de él» (1 Cor 12, 27).

Esta unión no es una metáfora bonita; es una realidad ontológica (real). Si estamos unidos a Cristo por el bautismo, participamos de su misma vida. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que esta unión de los que están en la tierra con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo no se interrumpe de ninguna manera, sino que se refuerza mediante el intercambio de bienes espirituales (CCE 955).

Si la Iglesia es un cuerpo, ¿cómo podría una parte del cuerpo estar desconectada de la otra solo porque ha cruzado el umbral de la muerte física? San Pablo insiste en la interdependencia de los miembros:

«Si un miembro sufre, todos los miembros comparten su sufrimiento; si un miembro es honrado, todos los miembros comparten su alegría» (1 Cor 12, 26).

Por tanto, cuando hablamos de Fray Odorico, no hablamos de alguien que ha dejado de pertenecer a la familia de Dios. Si él está unido a la Cabeza, que es Cristo, necesariamente sigue unido a nosotros. La caridad, que es el sistema circulatorio de este cuerpo místico, no se detiene en la tumba.

¿Muertos o vivos en Cristo? El error de los nuevos saduceos

La primera objeción del mensaje que recibí preguntaba por qué rezamos a alguien que ya está muerto. Aquí es donde nuestra fe choca con una visión materialista o limitada de la eternidad. Jesús mismo tuvo que enfrentar esta mentalidad cuando discutía con los saduceos, quienes negaban la resurrección y la vida futura. La respuesta del Señor es definitiva:

«Él no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos viven» (Lc 20, 38).

Los cristianos creemos, a diferencia de los saduceos, que después de nuestra muerte física entramos en una dimensión de plenitud si morimos en el Señor. Aquellos que están en la presencia de Dios poseen la visión beatífica. Esto significa que ven a Dios tal cual es y, al verlo a Él, nos ven a nosotros en Él.

A veces me pregunto: ¿será que hoy los nuevos saduceos son aquellos que, llamándose cristianos, hablan de los que han partido como si hubieran dejado de existir o como si Dios los tuviera en una especie de sueño inconsciente y aislado? Si ellos creen en la resurrección, ¿por qué les cuesta tanto aceptar que Cristo ya venció a la muerte y que sus amigos ya participan de esa victoria? Negar que Fray Odorico pueda escucharnos u orar por nosotros es, en el fondo, dudar del poder de la resurrección de Cristo, que hizo de la muerte un simple paso hacia la vida verdadera.

La santidad como un regalo compartido

El mensaje también mencionaba que Santo solo es Dios. Y es una verdad fundamental. La santidad absoluta, por naturaleza y esencia, pertenece solo a la Trinidad. Sin embargo, Dios no es un acumulador de gloria, sino un Padre que desea que sus hijos sean como Él. En la Biblia leemos el mandato:

«Sean santos, porque yo soy santo» (1 Pe 1, 16).

A lo largo de sus cartas, san Pablo se dirige habitualmente a los cristianos vivos llamándolos santos. Por ejemplo, escribe:

«Pablo, Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos que están en Éfeso y a los creyentes en Cristo Jesús» (Ef 1, 1).

¿Eran perfectos los efesios? Sabemos por las cartas de Pablo que tenían muchos problemas. Pero eran santos porque habían sido consagrados a Dios. Llamar santo a Fray Odorico no es quitarle gloria a Dios, sino reconocer lo que la gracia del Espíritu Santo pudo hacer en un hombre que se dejó transformar. Un santo es como un vitral en una catedral: el vidrio no tiene luz propia, pero deja pasar la luz del sol y la descompone en hermosos colores. Al honrar a un santo, estamos celebrando la obra maestra de Dios. Como bien decía san Agustín, al coronar los méritos de los santos, Dios no hace más que coronar sus propios dones.

Cristo, el único Mediador, y nuestra intercesión participada

La duda más recurrente suele ser sobre la mediación. Es cierto lo que dice la Escritura:

«Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Tim 2, 5).

La Iglesia Católica profesa esta verdad con firmeza. Ningún santo, ni siquiera la Virgen María, sustituye a Jesús. Pero debemos evitar leer los versículos de forma aislada. En ese mismo capítulo, apenas unas líneas antes, san Pablo escribe:

«Ante todo, te recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres» (1 Tim 2, 1).

Si la mediación de Cristo fuera exclusiva en el sentido de que nadie más puede intervenir ante Dios, entonces san Pablo se estaría contradiciendo al pedirnos que oremos los unos por los otros. La realidad es que todos nosotros, cuando oramos por un enfermo o por un hijo, estamos siendo intercesores.

La intercesión de los santos es una mediación participada. Cristo es el único Mediador porque solo Él nos salvó. Pero Él quiere que su Cuerpo participe de su oficio de intercesor. Cuando le pedimos a Fray Odorico que ore por nosotros, le estamos pidiendo a un hermano que ya llegó a la meta y que está más cerca del trono de la gracia. La oración de un santo es más poderosa porque ya no tiene las interferencias del pecado; es la oración de un amigo íntimo de Dios. El intercesor no se pone en lugar de Cristo, sino que nos toma de la mano para llevarnos a Cristo.

Una verdad creída desde el principio: Los Credos

Esta fe en la comunión de los santos no es un invento medieval. Es una verdad que ha latido en el corazón de la cristiandad desde sus orígenes. Ya en los primeros siglos, los cristianos oraban sobre las tumbas de los mártires en las catacumbas, pidiendo su auxilio. Eso mismo hacemos en Jinotega, cuando oramos ante la tumba del padre Odorico. Los cristianos hacemos eso desde hace muchos años. Esta certeza quedó plasmada oficialmente en los símbolos de la fe.

En el Símbolo de los Apóstoles, que es el credo más antiguo de la Iglesia de Roma, profesamos: «Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos». Del mismo modo, el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, fruto de los grandes concilios ecuménicos, refuerza nuestra fe en una Iglesia que es una, santa, católica y apostólica, una unidad que trasciende el tiempo y el espacio.

Por siglos, todos los cristianos han creído que la muerte no separa a la familia de Dios. Es paradójico que hoy algunos grupos modernos intenten presentarnos una fe donde los lazos de amor se rompen en el cementerio. Nuestra fe es mucho más grande y esperanzadora que eso.

Fray Odorico: un signo de Dios en Nicaragua

En el caso de Fray Odorico D’Andrea, su vida es el mejor argumento. Desde su llegada a San Rafael del Norte en 1953, se convirtió en un instrumento de la providencia. No solo construyó edificios materiales como la la iglesia parroquial, la ermita del Tepeyac o el hospital, sino que construyó la paz en corazones divididos por el odio político y la guerra.

Cuando los fieles acuden hoy a su tumba o piden su intercesión, lo hacen porque reconocieron en él a un hombre de Dios. Su cuerpo, encontrado incorrupto en el año 2006, es un signo que nos recuerda que Dios preserva a sus amigos y que la muerte no tiene la última palabra.

Creer que Fray Odorico puede interceder es creer que él sigue siendo ese padre bondadoso que no negaba un favor a nadie en San Rafael del Norte y en todo Nicaragua. Si era capaz de hacer tanto bien estando limitado por un cuerpo mortal, ¿cuánto más podrá hacer ahora que goza de la libertad de los hijos de Dios?

El respeto: un signo de cristianismo verdadero

Al concluir esta reflexión, quiero hacer una invitación sincera al respeto. Muchas veces el rechazo a la intercesión de los santos nace del desconocimiento o de prejuicios heredados. Los católicos no adoramos a los hombres; adoramos a Dios que hace maravillas en los hombres.

El amor a los santos no es idolatría; es gratitud. La oración de intercesión no es nigromancia; es comunión. Pedir respeto por nuestras devociones es pedir respeto por la historia de la Iglesia y por la Palabra de Dios que nos llama a ser un solo cuerpo. Que la memoria de Fray Odorico D’Andrea nos ayude a vivir más unidos a Jesucristo, para que un día, junto con él y todos los santos, podamos cantar las alabanzas del Padre por toda la eternidad.

Para profundizar:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, numerales 946-959 (La Comunión de los Santos) y 2683-2684 (Los testigos de la oración).
  • Constitución Dogmática Lumen Gentium, especialmente el capítulo VII sobre la unión de la Iglesia peregrina con la Iglesia celestial (LG 48-51).
  • Carta Encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI, donde profundiza en la esperanza que nos une a nuestros difuntos.
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