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«No sabemos ni el día ni la hora»: la muerte del padre Patricio Sánchez

Crucifijo de madera en primer plano dentro de una iglesia, con el altar al fondo

Juan Carlos Rivera Zelaya

19 de octubre de 2026

Seguramente usted ya lo sabe, porque la noticia dio la vuelta al mundo. El sábado 17 de octubre, en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Guayaquil, murió su párroco, el padre Patricio Sánchez Molinari. Era redentorista y tenía 53 años. Estaba celebrando la misa cuando la cruz de madera que estaba detrás del altar se desprendió y le cayó encima. La misa se transmitía en vivo, y el video recorrió las redes en pocas horas.

No voy a enlazar ese video. Tampoco voy a especular sobre por qué se soltó la cruz; eso lo dirán quienes tienen que investigarlo. Quiero detenerme en otra cosa.

Lo que dijo minutos antes

En la homilía de ese día, el padre Patricio habló de la muerte. Dijo: «Un día todos los que estamos aquí también vamos a morir». Minutos después, él mismo moría.

¿Es una señal? Yo creo que sí. Pero conviene decir bien de qué. No es un castigo. A Jesús le contaron una vez de dieciocho personas que habían muerto aplastadas por una torre, y respondió: «¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera» (Lc 13, 4-5).

El padre Patricio no murió por ser más culpable que nadie. La señal no está en cómo murió, sino en lo que había dicho. Sus palabras debemos tomarlas en serio, porque eran verdad para él y lo son para cada uno de nosotros.

El morbo

Hay algo de todo esto que me llama la atención. La gente muere todos los días. Muere en accidentes de tránsito, en el trabajo, en su casa, en un hospital. Nadie comparte esas muertes. Esta sí se compartió, y miles de veces. ¿Por qué? Porque murió de una forma espectacular y quedó grabado.

Eso dice más de nosotros que de él. Detrás de ese video hay un hombre que murió, una familia que lo llora, una comunidad religiosa que perdió a un hermano y una parroquia que perdió a su pastor. Antes de reenviar algo así, valdría la pena preguntarse qué buscamos al verlo.

Y queda otra pregunta, que dejo abierta: ¿acaso no sería mejor no transmitir las misas?

No sabemos ni el día ni la hora

El Señor nos lo advirtió con toda claridad: «Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25, 13). Y en otro lugar: «Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada» (Lc 12, 40).

Lo que pasó en Guayaquil es eso mismo, a la vista de todos. Un sacerdote que habla de la muerte, en el altar, y en ese mismo altar la encuentra. El Evangelio del Señor se cumple entre nosotros.

Tenemos que prepararnos todos para el día de nuestra muerte. No sabemos cuánto tiempo nos queda. Puede ser mucho, puede ser poco. Por eso vale la pena hacerse algunas preguntas, con calma y sin miedo. ¿Cuándo fue la última vez que me confesé? ¿Hay alguien con quien tengo que reconciliarme? ¿Hay algo que vengo dejando para después? Si hoy fuera el día, ¿estaría preparado para el encuentro con el Señor?

Bajo la cruz

El padre Patricio murió junto al altar y bajo la cruz. Para el mundo, eso es solo una tragedia, y lo es. Pero para un cristiano la cruz nunca es solo eso. San Pablo lo dijo así: «El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18).

La cruz que cayó era de madera. La que salva es la de Cristo, y esa no se cae. En ella Jesús venció a la muerte, y por eso puede decirnos lo que le dijo a Marta junto a la tumba de su hermano: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11, 25).

Un sacerdote pasa la vida entera en el altar, ofreciendo el sacrificio de Cristo por los vivos y por los difuntos. Hoy nos toca a nosotros ofrecerlo por él.

Oración por el padre Patricio

Le invito, estimado lector, a rezar conmigo por el descanso eterno del padre Patricio, por su familia, por sus hermanos redentoristas y por su parroquia:

Dale, Señor, el descanso eterno.
Y brille para él la luz perpetua.
Descanse en paz.
Amén.

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