El amor es la Santísima Trinidad

Juan Carlos Rivera Zelaya

6 de junio de 2020

Celebramos hoy la gran solemnidad de la Santísima Trinidad. El calendario litúrgico coloca esta fiesta después del Domingo de Pentecostés, para hacernos reflexionar en la gran verdad de la vida cristiana: la participación de los hijos de Dios en el misterio insondable del amor divino. Durante la pascua pudimos reflexionar cómo por nuestro bautismo, nosotros también participamos y participaremos de la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. El último día de la Pascua (el domingo de Pentecostés) contemplamos cómo el Espíritu es el que opera esta obra en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

Durante estas semanas hemos contemplado la gran misericordia del Señor y cómo a pesar del pecado, tiene un plan grandioso de salvación: quiere que todos los hombres se salven asociándose por el bautismo, la Eucaristía y los demás sacramentos a la vida divina. Hoy, la liturgia de la palabra nos permite contemplar esta realidad y la gran revelación que Dios ha hecho de sí mismo. Contemplemos entonces esta verdad.

1. Dios es misericordia

La primera lectura está tomada del libro del Éxodo. Es un episodio muy interesante que los estudiosos bíblicos comentan como un relato legendario, mítico y simbólico. Pero, lo importante del texto es que nos muestra algo de fondo: Dios se interesa por el hombre, es un Dios cercano, próximo, interesado por su pueblo. El Dios del que nos habla el texto de Éxodo es un Dios que se interesa por el pueblo, que “queda ahí con Moisés”.

Más aún el texto que hemos escuchado nos dice claramente que Dios es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. Esto es también algo novedoso para la cosmovisión del medio oriente antiguo. Los países vecinos concebían a la divinidad como una entidad lejana, colérica e iracunda. En cambio toda la revelación israelita muestra a un Dios marcado por la “misericordia”. Es un Dios personal capaz de mostrar amor y misericordia, incluso ternura.

2. El amor de Dios

El texto del Evangelio según san Juan también está inspirado en esta línea. Hoy escuchamos un extracto del capítulo 3: Nicodemo está hablando con Jesús y él le presenta la síntesis de su mensaje. En estos 3 versículos que hemos escuchado, se sintetiza la gran revelación de Jesucristo: Dios por el infinito amor que es quiere salvar a su creación que por el pecado se ha separado de Él. El texto habla acerca de la vida eterna a la que se accede por la fe en Jesucristo. Creer en Jesucristo, creer en el Hijo, implica participar en su vida por medio de la comunión de los sacramentos (sobre todo del Bautismo y la Eucaristía) en la vida eclesial. Formar en Cristo un solo cuerpo, para alabar a Dios Padre por el Espíritu Santo.

3. La vida intratrinitaria

Esta fiesta de hoy, acentúa algo muy interesante: en primer lugar, lo que en Teología se conoce como vida intratrinitaria en el amor y en segundo lugar la salida de las personas divinas para expresar el amor (para operar la salvación). El primer aspecto es muy importante: la gran novedad del cristianismo, con respecto a otras religiones monoteístas, es que expresa que el Hijo nos ha revelado que Dios es Padre y que ambos nos envían al Espíritu. Dios no es un ser espiritual lejano o abstracto, no es un sustrato de todas las cosas o como decían algunos filósofos un motor inmóvil o una gran mónada. Jesús nos ha mostrado que en la vida interior Dios es relación personal: del Padre con el Hijo y del Hijo con el Padre; y del Padre y el Hijo con el Espíritu Santo.

Por tal razón nosotros decimos que creemos en un solo Dios y en tres personas distintas. Las tres personas son de la misma naturaleza y por eso son un único Dios, pero son 3 personas que se comunican entre sí “amor”, porque son “amor”. La frase de de 1 Jn 1, 4-8 es la descripción más hermosa que puede expresar de Dios: “Dios es amor”. Y el amor no es algo que se pueda experimentar solo, tiene que ser comunicado y tiene que ser compartido. Pues eso es la Santísima Trinidad: el amor que se comunica en la vida divina de tres personas.

4. La comunicación del amor

El segundo aspecto es aún más interesante para nosotros, pues revela el gran sentido de toda las Sagradas Escrituras y de la historia del hombre. Dios es amor y tiene una vida de amor interpersonal en su esencia divina, pero también quiere que nosotros nos asociemos a ese misterio de amor, quiere que participemos de la vida divina. Por eso vino al mundo Jesucristo, no para “condenarnos” sino para salvarnos. La salvación consiste en ser atraídos, ser llevados a la comunidad de amor de la Santísima Trinidad.

Esa salvación se realiza por obra del Espíritu Santo, en el Hijo para compartir el amor con el Padre. La obra de la salvación se explica en clave de unión o más bien de comunión entre los hombres y Dios. Dios mismo viene en nuestro rescate para llevarnos hacia Él, pues como explica el Génesis por el pecado se ha producido la ruptura que había entre Dios y los hombres. El cielo, es el grado de comunión más alto en el que el hombre se asocia con las personas divinas y goza de la alegría y la paz de la que hablaba la segunda lectura.

5. La meta del cristiano

La meta de todo cristiano entonces es lograr en esta vida temporal la comunión con Dios. A esta meta ya han llegado varios hombres y mujeres en la historia de la humanidad. Se han salvado porque han sido atraídos a la comunión intratrinitaria de amor y por eso gozan de alegría y de paz. Entre esos hombres y mujeres, sobresalen la Santísima Virgen María: ella ha sido y es la creatura humana que ha logrado la unión más importante entre Dios y los hombres, pues se ha convertido en la Madre de Dios.

Evidentemente su unión no ha sido lograda por sus méritos propios, ni nosotros la logramos por méritos propios. Tal como lo hemos visto en el Evangelio de hoy, la iniciativa de la salvación se realiza por la voluntad salvífica de Dios. Es Dios quien da el primer paso. Tomando el ejemplo de la Santísima Virgen María, Ella por voluntad divina, ha logrado una unión singular con la Trinidad: es la hija perfectísima del Padre, Madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo.

6. En estos momentos difíciles

Hoy más que nunca se hace necesario que logremos esta unión íntima con la Santísima Trinidad para lograr la perfección y la paz de la que hablaba la segunda lectura. En momentos difíciles como estos, la Iglesia y sus miembros deben brillar por la santidad de vida que es la comunión de las personas con Dios. Aun en medio de dificultades y pruebas los cristianos estamos llamados a creer en Dios y unirnos a Él, mostrando también la caridad y el amor a los hermanos. “Ámense los unos a los otros como yo les he amado” (cf. Jn 13, 34-36).

¡Feliz Domingo!

 

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