Cada vez más nos estamos acercando al final del año litúrgico. Este ciclo A del año 2019-2020 ha estado marcado por grandes noticias, en especial la situación del coronavirus. Sin embargo, seguimos confiados y teniendo esperanza que Dios nuestro Padre, que nos ha llamado, también nos cuida y protege de toda adversidad y peligro. A pesar de las dificultades, seguimos creyendo que el amor de Dios nos sostiene.
Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar en el llamado de Dios a un banquete. Esta semana tuve la oportunidad de hablar con un amigo musulmán que me recordaba cuán importante es que creamos que Dios nos llama: Él es el que nos atrae a su amor, Él es que el provoca en nuestros corazones que nos dirijamos hacia Él. ¿Pero nosotros queremos ir? ¿Vamos adecuadamente vestidos?
Lee las lecturas de la Liturgia de la Palabra que inspiraron esta reflexión aquí
Un banquete universal
La primera lectura de este domingo está tomada del capítulo 25 del profeta Isaías. Los capítulos 24, 25 y 26 son conocidos como el «Apocalipsis» de Isaías. Aunque esta sección corresponde al gran profeta del Reino del Norte, que predicó en el siglo VIII a.C.; ciertamente parece ser que el compilador de estos capítulos ubicó el texto en esta sección, aunque fueron escritos en torno al siglo VI a. C, durante la deportación a Babilonia.
El texto nos muestra la preparación de un banquete universal, en el que todos los miembros de la tierra estén llamados al festín por la victoria del Dios sobre la muerte. Ese día se llevará a cabo la liberación de Israel sobre el oprobio de estar desterrados en Babilonia. En este contexto, el profeta anuncia que Dios va a liberar al pueblo de su afrenta: pero ahora va a invitar ya no solo a Israel, sino a todos los pueblos a celebrar la victoria sobre la muerte en Israel. Así la invitación de Dios se abrirá a todos los pueblos. Esto se cumple en Jesucristo, él ha vencido a la muerte, nos invita a un banquete y al festín estamos llamados todos.
Todo lo puedo
La segunda lectura está tomada del final de la carta a los Filipenses, que hemos venido escuchando estos pasados domingos. San Pablo se muestra agradecido con la comunidad, por haber compartido con él las tribulaciones. Ahora bien, si hacemos una lectura más detenida, nos daremos cuenta de que la actitud del Apóstol hacia la comunidad revela la profunda convicción que el Señor es quien conduce su vida; y que cumpliendo con la voluntad de Dios, tanto el Apóstol como la misma comunidad se engrandecen en la riqueza de Cristo, incluso en medio de la pobreza, angustia y el miedo.
El Apóstol recuerda en una frase (que ha sido muy desnaturalizada por la cultura actual), que las tribulaciones, las adversidades, el hambre e inclusive la cárcel, no son obstáculo para desatender el llamado que nos hace Dios a cumplir con su voluntad. «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» no es un eslogan al estilo «No pain, no gain» que anima al ejercicio físico y las dietas, incluso si el fin es bueno. Lo que san Pablo quiere manifestar aquí, es que Dios nos da su gracia para cumplir con su voluntad: aun cuando esa voluntad implica la cruz, el sufrimiento y la muerte.
En el contexto actual «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece», debe servir a los cristianos como una especie de recordatorio, que el Señor nos acompaña siempre: en lo bueno y en lo malo, en momentos hermosos y en los más tristes, en las bendiciones y en los problemas. A pesar de lo que nos suceda, incluso si morimos, estamos en con el Señor, en Él somos, nos movemos y existimos. Su voluntad es la mejor para nuestra vida.
Parábola
El evangelio de este domingo XXVIII, como habíamos anunciado el domingo XXVII, tiene relación directa con los otros dos textos que hemos escuchado los domingos pasados. El texto está tomado del capítulo 23 del evangelio de san Mateo y responde, como su introducción lo menciona, al mismo contexto de discusión que Jesús tenía con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (cf. Mt 21, 23-27).
Jesús sigue hablando en parábolas y después de haber mostrado cómo Israel ha rechazado a los profetas y al mismo hijo de Dios, y, cómo la Iglesia es el nuevo pueblo que Dios ha convocado, que Dios ha trabajado; insiste en la misma idea ahora con la parábola del Banquete. Dios llama a los invitados a un banquete de la boda de su Hijo, pero los convidados no quieren ir. Israel es el convidado al banquete de las bodas del Hijo de Dios (cf. Ap 19, 7-10)
Los criados entonces salen por todo el mundo (simbolizado en los cruces de caminos) y la invitación a la boda ahora se abre a todo el mundo. Ya no es solo el pueblo de Israel el convidado a las bodas. El llamado de Dios se realiza a todo aquel que quiera y tenga la voluntad de asistir a las bodas del Hijo del Rey. El banquete estás servido, y en él hay pan y vino (Eucaristía). Participemos alegres de esta boda, de esta fiesta, en la que entramos en comunión con Dios.
El mal vestido
Sin embargo, el evangelista hace notar que uno de los que estaba presente no iba vestido acorde a la ocasión. Evidentemente el relato no quiere mostrar la lógica narrativa de un literato que cuestionaría: ¿pero si los llamaste de los cruces de caminos? ¿Quién iba a estar preparado para ir a una boda? En cambio, lo que quiere el relato es hacernos saber que, aunque hemos sido invitados como nuevo pueblo, el llamamiento no implica una relajación en la exigencia de la etiqueta que debemos mostrar al ir un banquete.
El signo del vestido acorde al banquete es manifestación de que el llamado de Dios es un llamado a la conversión. Al ser llamados por Dios dejamos de ser simples forasteros, de ser malos, de ser pordioseros. En el banquete somos tratados como hijos en el Hijo y debemos guardar la dignidad de verdaderos coherederos con el Hijo (cf. Rm 8,7). No podemos asistir a la boda de nuestro hermano, con vestidos que se vean mal (el pecado) y que huelan mal (la concupiscencia). Debemos vestirnos de la armadura de Dios (cf. Ef 6,13) y celebremos la fiesta de la comunión con el Padre, en el Hijo por la acción del Espíritu Santo.
¡Feliz domingo!








0 comentarios