Continuamos, queridos hermanos, con la celebración de los domingos del tiempo Ordinario. La Iglesia es convocada y reunida en torno al altar del Señor para celebrar el sacrificio de su vida y la entrega generosa de su cuerpo y sangre, que se nos da como alimento de salvación. Este acto que nos convoca nos recuerda la misericordia del Señor que se nos entrega de generación en generación. El tema central de las lecturas de este domingo XXIV es, precisamente, la misericordia del Señor.
La misericordia y la individualidad de hoy
La palabra misericordia viene del latín miser (miserable, desdichado) y cor-cordis (corazón). Los especialistas concuerdan que significa sentir la miseria del otro en el propio corazón. Quien es misericordioso tiene la capacidad de contemplar al otro, cuando está sufriendo, con ojos caritativos; y asociar el dolor de esa persona a su propio ser, e incluso, a su propio cuerpo. El ser humano fue creado misericordioso, pues está hecho a imagen de Dios que es misericordioso. Lamentablemente esta capacidad de sentir con el otro fue opacada por el pecado. Aún, sin embargo, se puede constatar en el amor puro de una madre con su hijo, cómo la primera puede ser naturalmente misericordiosa con su hijo.
Como decía, la experiencia del pecado opacó esta capacidad del ser humano de compartir el dolor y el sufrimiento del otro y hacerlo propio. El pecado nos ha vuelto seres duros e intransigentes. Muchos nos olvidamos del que sufre, incluso invocando la justicia como justificación (valga la redundancia) de nuestro desinterés y egoísmo. La sociedad en la que vivimos, aún más nos invita a ser individualistas y desinteresados por lo que le sucede al vecino, al compañero e, incluso, al propio familiar. Vivimos en una época en el que solo se busca satisfacer los deseos individuales, a costa del sufrimiento del otro. Esto es ocasionado por el pecado de la autosuficiencia, de la autorreferencia y del egoísmo.
Dios se revela misericordioso
En las lecturas de hoy, podemos observar cómo Dios se revela a su pueblo como alguien interesado por el sufrimiento y el dolor. En primer lugar, el libro del Éxodo nos recuerda que Dios sacó a su pueblo de Egipto. Dios mostró su misericordia al enviar a Moisés y liberarlos de la esclavitud a la que estaba sometido. Luego, aunque Israel no le correspondió con fidelidad, el mismo Dios volvió a mostrar su misericordia perdonando sus pecados y restaurando su alianza. En el mismo sentido, el Evangelio nos muestra hoy 3 parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y los hijos perdidos.
Centrémonos en la actitud del Padre ante los hijos que están perdidos. El texto dice que cuando vio el padre al hijo que iba llegando a casa a lo lejos: se le conmovieron las entrañas: eso es misericordia. El padre se muestra compasivo y misericordioso, no importándole lo que hubiera hecho el hijo menor, le hizo una gran fiesta cuando regresó. No importándole el reclamo de su hijo mayor, lo entendió y escuchó, además le ofreció consuelo y corrección. Dios es así: es ese Padre misericordioso que perdona, está atento, que auxilia y socorre. No le importa lo que hayamos hecho, él nos espera con los brazos abiertos para sacarnos de nuestro dolor, de nuestra angustia, de nuestro sufrimiento y de nuestro pecado.
Experimentar la misericordia de Dios
La Iglesia hoy nos invita a contemplar la misericordia de Dios. Miremos a Dios que es todo amor, que es todo compasión. La experiencia de fe se basa en la experiencia de la misericordia, de haber sido perdonado, amado y cuidado y abrazado por Dios. Quien no haya experimentado la misericordia profunda de Dios, realmente no vive como cristiano. Vive como alguien que tiene costumbres y participa de ritos, pero no es un auténtico cristiano. Jesús nos muestra constantemente cuánto nos ama el Padre, cuánto nos ama la Trinidad y por eso nos envía el Espíritu Santo para perdonarnos y acompañarnos.
Pidamos en esta Eucaristía sentirnos abrazados por el amor de Dios. Si hemos pecado, si nos sentimos solos, estamos con alguna preocupación o angustia, dejemos que hoy el Señor nos abrace con su infinita misericordia y nos permita entrar en la fiesta de sus hijos. Cada uno de nosotros somos sus hijos por el bautismo, disfrutemos de la fiesta de la misericordia y sintámonos seguros de que tenemos un padre misericordioso.








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