¿La “corredención” de la Virgen en la Novena de la Purísima de Nicaragua?

Juan Carlos Rivera Zelaya

6 de noviembre de 2025

En los últimos años he notado que en el mar de información del mundo digital, a menudo se levantan voces que  interpretan los documentos de la Iglesia con desconfianza. Recientemente, he leído comentarios en redes sociales que sugieren que la Nota doctrinal Mater Populi fidelis del Dicasterio para la Doctrina de la Fe le «quita méritos» a la Santísima Virgen María. Nada más lejos de la verdad. Este importante texto, lejos de disminuir la figura de María, la enaltece y la consolida dentro de la fe católica, al poner en su justo lugar la primacía de Cristo y el rol insustituible de la Madre. Aportemos a la conversación, sin embargo sugiero que si no han leído el texto lo hagan antes de leer este escrito. 

La Nota del Dicasterio se propone profundizar en los fundamentos adecuados de la devoción mariana, precisando «el lugar de María en su relación con los creyentes, a la luz del Misterio de Cristo como único Mediador y Redentor». El eje central del documento es la maternidad de María con respecto a los creyentes, y subraya que la piedad del Pueblo fiel de Dios no se contempla para corregirla sino, sobre todo, «para valorarla, admirarla y alentarla».

El Justo Equilibrio Teológico: María Colaboradora

Al leer el texto, lo que más me llamó la atención es que la preocupación teológica que lo guía es, en realidad, un acto de amor y fidelidad a Cristo: busca «preservar el equilibrio necesario que, dentro de los misterios cristianos, debe establecerse entre la única mediación de Cristo y la cooperación de María en la obra de la salvación» (3). Y a la vez, la afirmación de que María es colaboradora es clara y contundente. Esto es muy importante resaltarlo.  El documento explícitamente sostiene que la cooperación de María en la obra de la salvación se ha comprendido tradicionalmente desde una doble perspectiva. Citando directamente la Nota, esta se aborda: «desde su participación en la Redención objetiva, realizada por Cristo durante su vida y particularmente en la Pascua, y desde el influjo que ella tiene actualmente sobre los que han sido redimidos» (4). Es decir, la participación mariana se extiende tanto a la obra fundacional de la salvación (objetiva) como a la aplicación de esa gracia en el presente (actual). ¡Y esto es lo que creemos todos los católicos!

En efecto, el texto enfatiza que la colaboración de María no es pasiva, sino activísima y querida por Dios, al señalar que su «maternidad no es simplemente biológica y pasiva, sino que es una maternidad “plenamente activa”» (29). El Concilio Vaticano II, y la DDF en consecuencia, subraya que María, como «esclava del Señor» (Lc 1,38), nos señala a Cristo y nos pide hacer «“lo que Él os diga” (Jn 2,5)» (22).

Sin embargo, el texto ciertamente entra a corregir un problema teológico y, sobre todo, lingüístico: el tema de los títulos. Al rechazar o ejercer cautela con títulos como Corredentora o Mediadora de todas las gracias, el Dicasterio no está demeritando a María, sino que está honrando la unicidad del Redentor: «El Redentor es uno solo y este título no se duplica». El riesgo de estas expresiones es que podrían «oscurecer la única mediación salvífica de Cristo» (22). Siendo que Cristo es la fuente infinita de la gracia, la grandeza de María reside precisamente en ser la «primera transformada» por el Espíritu Santo y la «primera discípula» (73) que mejor recibió y cumplió la gracia de Dios. Su inigualable hermosura y santidad remite inmediatamente a la glorificación de Dios: «“Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc 1, 46). Para ella no hay otra gloria que la de Dios» (66).

Es innegable nuestra creencia de que solo Cristo es el Redentor (Efesios y Colosenses). Esto es una verdad fundamental. Sin embargo, el documento subraya que María es «la primera y la máxima colaboradora en la obra de la Redención» (22), un concepto que el catolicismo ha sostenido por siglos. El núcleo del debate reside en el lenguaje: el título de Corredentora corre el riesgo de ser malinterpretado como si existieran dos redentores, lo cual no es el caso. La controversia se centra en la interpretación del título, no en la función de María. Existe un consenso generalizado en que María sí colabora activamente, pero el título en sí puede generar confusión.

La Mediación Inclusiva de Cristo: Cooperadores de Dios

Precisamente aquí reside la clave para entender la perspectiva católica de la salvación, que es tan diferente de la protestante: la posibilidad real y efectiva de que la criatura coopere con la gracia de Dios. El documento subraya este punto al detallar el significado profundo de la única mediación de Cristo (28). Si bien es «un dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador» (55) y el único Mediador, ya que «Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús» (1 Tm 2,5-6) (24), esta unicidad no es excluyente, sino «inclusiva» (28).

La Nota afirma con claridad que: «necesitamos recordar que la unicidad de la mediación de Cristo es “inclusiva”, es decir, Cristo posibilita diversas formas de participación en el cumplimiento de su proyecto salvífico porque, en la comunión con Él, todos podemos ser, de alguna manera, cooperadores de Dios, “mediadores” unos para con otros (cf. 1 Co 3,9)» (28). La razón de esta cooperación no se debe a ninguna insuficiencia de Cristo, sino, por el contrario, a su «glorioso poder» (29). El Señor resucitado, por su generosidad y poder supremo, «es capaz de asumirnos, generosa y gratuitamente, como colaboradores en su obra» (29). El Concilio Vaticano II ya había enseñado que «la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente» (62).

Esta participación se manifiesta en la vida de los creyentes. Cristo dijo: «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Jn 14,12) (30). Los creyentes, al ser transformados por la gracia, se convierten en «manantiales para los demás» (31), a través de la predicación, la enseñanza y las obras de caridad.

En este esquema de la cooperación humana, María ocupa un puesto de primer orden. Si la capacidad de colaboración y la fecundidad en la gracia es verdad para cualquier creyente, «con mayor razón debe afirmarse de María, de un modo único y supremo» (32). Ella es la «llena de gracia» (Lc 1,28) (32), que se mantuvo firme junto a la cruz (cf. Jn 19,25) y cooperó en la Redención de un «modo exclusivo y superior a cuanto podría ocurrir con cualquier creyente» (32).

Su singularidad radica en que su mediación se ejerce en «forma maternal» (34). Su intercesión materna es una «colaboración única» (42), que convierte su acción en un signo materno de la misericordia del Señor (42). Por lo tanto, el texto no solo reafirma la creencia católica en la cooperación humana con la gracia divina, sino que eleva a María a la cumbre de esa colaboración, como «Madre de la gracia» (45) y Madre del Pueblo fiel, siempre subordinada a Cristo, la única fuente de salvación.

La Novena Nicaragüense: Un Testimonio de la Fe Colaboradora

Esta comprensión de María como una colaboradora activa, aunque subordinada a Cristo, no constituye una novedad teológica. Por el contrario, refleja la fe vivida históricamente por el pueblo de Dios. Esto se puede verificar fácilmente en Nicaragua, particularmente en la novena de La Purísima. En esta expresión de piedad popular, que data de los siglos coloniales, no se emplean los títulos de corredentora o mediadora en el sentido que el documento pide evitar. Sin embargo, el texto está lleno de referencias a la cooperación en la redención. Literalmente se encuentra esta palabra en dichas oraciones. Los textos de piedad popular de esta Novena, un ensamblaje de piezas importadas y lírica local, demuestran la profunda convicción de que María coopera en la salvación. En la Consideración del Día Tercero, leemos:

«Consideremos cómo María Santísima no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Ella, enriquecida desde el primer instante de su concepción con una Santidad en extremo singular, al aceptar el mensaje divino se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón, sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la Redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente».

Esta cita comprueba, con siglos de antelación, que la fe del pueblo ya creía y proclamaba la colaboración activa de María. Incluso al hablar de la Eucaristía, la Consideración del Día Quinto afirma:

«La Purísima, dando Cuerpo y Sangre al Hijo de Dios Eterno colaboró activamente a nuestra Redención y a la Eucaristía».

La Novena también exalta el rol de María como poderosa intercesora y Auxiliadora de los cristianos, títulos que la nota explica que son correctos (cf.  16).. Los famosos Gozos (cánticos) la describen como la figura apocalíptica que lucha contra el mal:

«Dulces himnos cantando a María, / vencedora del fiero dragón, / saludemos al plácido día, / de su hermosa y feliz Concepción. / Concebida María sin mancha / fuente pura de eterna belleza, / del dragón infernal la cabeza, / quebrantó con su pie virginal».

Y los fieles acuden a ella como Madre y Medianera: en el Día Segundo, la jaculatoria clama: «Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos» . La misma Novena, por lo tanto, enseña que María es un «conducto de la gracia», que escucha las súplicas de sus hijos y las presenta a Dios, lo que el documento del Dicasterio llama su función de intercesión materna.

La Maternidad como Vía Segura

El documento de la DDF confirma que la mediación de María se realiza en forma maternal. Su intercesión es expresión de esa «protección maternal» (46), que le permite implorar para nosotros los auxilios internos del Espíritu Santo. Ella es la Madre de la gracia, y su cercanía maternal es una constante en la vida de los fieles.

La Nota nos invita a acoger a María como Madre creyente que ayuda a sus hijos a crecer en la vida espiritual, «enseñándoles a dejar que la gracia de Cristo actúe más y más» (74). Esto es coherente con la enseñanza de San Agustín, citado en la Nota: «más es para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo» (73), pues es en su fe y obediencia donde reside su máximo honor. Mater Populi fidelis no está limitando la devoción mariana, sino que la está anclando con solidez en la Revelación y la Tradición, asegurando que la veneración a la Madre siempre conduzca a su Hijo.

Les animo a acercarnos a esta Nota doctrinal con la misma sencillez y fe que el Pueblo de Dios demuestra en sus peregrinaciones, donde «la súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede» (202). Acojamos este texto con humildad y fe obediente al magisterio ordinario de la Iglesia, seguros de que la voz de la Sede Apostólica busca siempre la verdad y la armonía de la fe, engrandeciendo, no disminuyendo, a la Madre de Dios.

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