El encuentro del Resucitado y su madre

Juan Carlos Rivera Zelaya

30 de abril de 2026

Durante la pasada octava de Pascua, mientras revisaba algunos mensajes en mi teléfono, me encontré con una inquietud que brotaba de un corazón lleno de fe y de una sensibilidad espiritual muy aguda. Con el permiso de Sandra Rojas, comparto el mensaje de texto que me envió: «Cuando Jesús resucitó, ¿usted cree que la primera persona en verlo fue realmente la Virgen María? ¿Cree que Dios le dio el regalo primero a ella antes que a María Magdalena? Solo porque creo que al ser la Madre de Dios debió ser la primera en saber esta gran noticia después del dolor de verle clavado en la cruz. Es que por eso me pregunto si por esa razón la Virgen no es mencionada al resucitar Jesús en el Evangelio, y solo los apóstoles y otras mujeres».

Esta pregunta de Sandra no es solo una curiosidad piadosa; es una intuición profunda que toca las fibras más delicadas de la teología de la consolación. Responder a esto nos exige entrar en el misterio del silencio de las Escrituras para escuchar lo que la tradición, el magisterio y los santos han comprendido a lo largo de los siglos sobre el encuentro más esperado de la historia de la salvación.

El silencio que habla: ¿Por qué no está en los Evangelios?

Es verdad que, al abrir las páginas del Nuevo Testamento, encontramos relatos detallados de las apariciones a María Magdalena (Jn 20, 11-18), a los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) y a los Apóstoles. Sin embargo, el nombre de María, la Madre, no aparece en la mañana de Pascua. ¿Significa esto que Jesús no la visitó?

La exégesis y la reflexión eclesial nos sugieren que este silencio es deliberado. Los Evangelios fueron escritos como testimonios públicos y jurídicos para la Iglesia primitiva. En aquella cultura, el testimonio de una madre sobre su propio hijo podría haber sido descartado por los escépticos como un gesto de afecto parcial, no como una prueba objetiva. Los evangelistas buscaban ofrecer testigos que pudieran sostener la verdad de la Resurrección ante tribunales y perseguidores, figuras cuyo testimonio tuviera un peso legal externo.

Sin embargo, el papa san Juan Pablo II, en su audiencia del 21 de mayo de 1997, nos regaló una luz inmensa sobre este vacío narrativo. Él afirmaba que «este silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su resurrección, Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren». El Papa sugería que la Virgen, al haber mantenido viva la llama de la fe durante el Sábado Santo, no necesitaba de signos externos como la piedra movida o los lienzos vacíos para creer. Su unión con el Hijo era de tal naturaleza que el anuncio era interior, un diálogo de alma a alma que precede a cualquier evidencia material.

La diferencia entre confirmar la fe y compartir el gozo

Para comprender por qué Jesús aparece a unos y no a otros en el relato bíblico, debemos distinguir el propósito de estas visitas. Las apariciones narradas en el Nuevo Testamento tenían como fin principal confirmar la fe de aquellos que habían dudado o que estaban sumidos en el desconsuelo paralizante. Los discípulos estaban asustados, María Magdalena buscaba un cadáver, y los de Emaús huían decepcionados hacia su aldea. Para ellos, ver a Jesús era una necesidad ontológica para poder seguir creyendo.

En cambio, María no necesitaba ser confirmada en su fe. Ella es la llena de gracia, la que conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 19). Mientras el mundo se sumía en la oscuridad del Sábado Santo, solo en el corazón de la Madre permanecía encendida la certeza absoluta de la victoria. Como bien dice la tradición, ella no fue al sepulcro con las otras mujeres porque ella no buscaba a un muerto; ella esperaba al Vivo. Su fe era perfecta, una fe que la hacía fuerte incluso al pie de la cruz, donde todos los demás se dispersaron.

Por tanto, el encuentro de Jesús con su Madre no fue un acto de prueba, sino un acto de justicia amorosa. Si ella fue la que más íntimamente participó del dolor de la pasión, era teológicamente conveniente que fuera la primera en participar de la alegría de la gloria. No era una aparición para que ella creyera, sino para que ella gozara del triunfo de su Hijo. Como enseña el magisterio, María es el prototipo de la Iglesia que espera, y en esa espera ya posee lo que espera por la fuerza de su esperanza sobrenatural.

San Ignacio de Loyola y el sentido común de la fe

En el siglo XVI, san Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, plantea este tema con una sencillez arrolladora que apela directamente al corazón del creer. Al proponer la meditación sobre la Resurrección, comienza diciendo: «Apareció a la Virgen María; lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento».

Ignacio apela a la lógica del amor. Para él, Jesús ejerce un oficio de consolar. Al igual que unos amigos suelen consolar a otros tras una gran tragedia, el Hijo no podía dejar de consolar a su Madre antes que a nadie. El santo nos invita a realizar una composición de lugar contemplando cómo la divinidad, que parecía esconderse durante la pasión tras el velo del sufrimiento, aparece ahora milagrosamente para restaurar el corazón de quien fue su cuna, su apoyo y su primera discípula. Es la restauración del orden afectivo de la creación: el Creador consolando a su criatura más amada.

La belleza que confirma la fe: La mirada de Juan de Solís

Precisamente en estos días de Pascua, tuve la gracia de contemplar una obra que parece capturar este instante de gloria privada en la Catedral de Segovia. Se trata de la Aparición de Cristo a su Madre, pintada por Juan de Solís hacia 1650, la cual ilustra este artículo.

Al observar esta pieza, uno queda atrapado por la irrupción de la luz. Cristo aparece a la izquierda, majestuoso y sereno, portando el estandarte blanco de la victoria. Su figura no solo está iluminada, sino que parece ser la fuente misma del resplandor que disipa las sombras de la estancia. A la derecha, vemos a la Virgen María en una actitud de oración profunda. Se encuentra arrodillada frente a un elegante reclinatorio, vestida con su tradicional manto azul y túnica roja, colores que simbolizan su humanidad envuelta en la divinidad de su Hijo.

Lo que más conmueve es el gesto de sus manos: elevadas en una mezcla de sorpresa, adoración y entrega total. No hay miedo en su rostro, sino el reconocimiento de quien ha esperado contra toda esperanza. La composición de Solís nos permite sentir la vibración de ese aire nuevo de la resurrección que entra en el cuarto de la Madre, transformando el luto en una aurora eterna. Es una catequesis visual que nos invita a ser testigos silenciosos de esa primera consolación, recordándonos que la belleza es el camino más directo para asomarse a los misterios que las palabras no alcanzan a describir.

Las visiones místicas: Un asomo al encuentro privado

Aunque la Biblia calla por respeto a la intimidad de este vínculo, Dios ha permitido a lo largo de la historia que algunas almas místicas tengan visiones de este momento sagrado. Estos relatos no son dogmas de fe, pero nos ayudan a poner imágenes y sentimientos a lo que nuestra fe ya sospecha en la oración personal.

Sor María de Jesús de Ágreda, en su monumental obra Mística Ciudad de Dios, describe un encuentro de una intensidad metafísica impresionante. Relata que, antes de aparecerse a cualquier otra persona, Cristo entró en el retiro de la Virgen en el Cenáculo. No fue un simple saludo, sino un abrazo santísimo donde María fue fortalecida por los ángeles para no morir de puro gozo ante la luz de la gloria. Según la mística, en ese momento la Virgen recibió una gracia de visión beatífica temporal, una recompensa por haber sido la Corredentora espiritual al pie de la cruz.

Por otro lado, la beata Ana Catalina Emmerich ofrece una visión más física y cargada de simbolismo cronológico. Ella describe a María orando en la noche profunda, en una vigilia de amor, cuando un ángel le avisa que el Señor está cerca. En su visión, Jesús se presenta ante ella no solo, sino acompañado de las almas de los patriarcas y los justos que acababa de liberar del Limbo. Jesús se vuelve hacia Adán, Eva, Abraham y David, y les dice con orgullo divino: «He aquí a mi Madre». Es un acto de reconocimiento público de su maternidad universal ante los santos de la antigua alianza, antes de que el resto del mundo supiera siquiera que el sepulcro estaba vacío.

Finalmente, Maria Valtorta, en El Evangelio como me ha sido revelado, nos regala la escena más humana y conmovedora que podamos imaginar. Describe a una María agotada por el ayuno, el llanto y el dolor de los días previos, llamando a su Hijo en la penumbra de su habitación. De pronto, el espacio se llena de una luz que parece tejida de oro y perlas. Jesús entra y, antes de que ella pueda postrarse en señal de adoración, Él la llama con un grito de triunfo y ternura infinita: «¡Mamá!». Este relato destaca que la Resurrección no borró el vínculo filial, sino que lo glorificó. Valtorta narra cómo María ríe y llora al mismo tiempo, abrazando a su Hijo cuyas llagas emiten rayos de luz que iluminan toda la estancia.

La certeza del amor como criterio teológico

Volviendo a la inquietud que Sandra me envió por mensaje, podemos decirle con total seguridad que su intuición es profundamente católica. El sensus fidelium —ese sentido sobrenatural de la fe que posee el pueblo de Dios— siempre ha sabido que el amor tiene sus propias leyes, que a veces son más rápidas y urgentes que los registros históricos o los testimonios jurídicos.

La aparición a María es el fundamento de nuestra esperanza más personal. Nos enseña que Dios no es indiferente al dolor de quienes le son fieles en las horas más oscuras. La Virgen es el modelo de la Iglesia que espera activamente. Si hoy celebramos la Pascua con alegría, es porque nos unimos al gozo de aquella que nunca dejó de confiar, incluso cuando el cielo parecía haberse cerrado para siempre tras la piedra del sepulcro.

María, al ser la primera en ver al Resucitado, se convierte en la verdadera Estrella de la mañana que anuncia el sol de justicia. Su encuentro privado es el tesoro que la Iglesia guarda en su corazón, recordándonos que, tras cada Viernes Santo de nuestra vida, el Resucitado tiene preparado un abrazo de consuelo para nosotros, empezando siempre por los que más han amado y más han sufrido con Él.

Querida Sandra, tu mensaje de texto nos recuerda que la teología no se hace solo con grandes tratados de biblioteca, sino con la lógica del corazón creyente que sabe que un hijo nunca dejaría a su madre esperando un minuto más de lo estrictamente necesario. En el silencio de ese primer domingo, se escribió la página más hermosa y privada de la historia de amor entre Dios y la humanidad.

Para profundizar:

  • Juan Pablo II, Audiencia General sobre María y la Resurrección (21 de mayo de 1997). Disponible en vatican.va.
  • San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Cuarta Semana.
  • CCE, 641-644 (Sobre las apariciones del Resucitado y el testimonio de la fe).
  • Regina Caeli, Himno litúrgico de la tradición eclesial para el tiempo pascual.
  • María de Jesús de Ágreda, Mística Ciudad de Dios, Parte II, Libro VI.

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