¿Presentar o bautizar? La verdad sobre el rito de presentación en la Iglesia

Preentación de un niño

Juan Carlos Rivera Zelaya

11 de mayo de 2026

Hace unos días, fui a visitar una parroquia para hacer las misas dominicales. Una pareja se me acercó para preguntarme si era posible realizar la «presentación» de su hijo durante la misa dominical. Al verlos con el pequeño en brazos, les lancé una pregunta directa: «¿El niño ya está bautizado?». La respuesta fue un «no» rotundo.

Ante esto, les planteé una reflexión que sacudió sus esquemas: «¿Y para qué quieren presentarlo? Mejor háganlo hijo de Dios. Yo no hago esas presentaciones porque no soy un sacerdote judío; soy católico y mi misión es bautizar. Yo no le presento a nadie a Dios, yo puedo hacerlo, por la gracia del sacramento, hijo de Dios».

Esta anécdota encierra una verdad teológica que hemos ido olvidando: en la Iglesia, el Bautismo no es el siguiente paso después de una presentación, sino que es la meta, la plenitud y el único rito que verdaderamente injerta al ser humano en la familia de Dios. Hoy queremos reflexionar con detenimiento sobre este tema, analizando sus raíces bíblicas, su evolución histórica y por qué la verdadera presentación del niño ya ha sido asumida por la gracia del Bautismo.

El triple sustrato del Antiguo Testamento

Para comprender la raíz de la confusión, debemos viajar al texto sagrado. El Antiguo Testamento no conoce un único rito de presentación, sino tres instituciones legales distintas que, con el paso de los siglos, la piedad popular ha tendido a fundir en una sola.

En primer lugar, encontramos la ley de la purificación de la madre (Lv 12, 1-8). El texto del Levítico establece que, tras el parto de un varón, la madre permanecía en un estado de impureza ritual durante cuarenta días. Es fundamental aclarar que esta impureza no era moral —no había pecado en dar a luz—, sino una categoría cúltica relacionada con el contacto con la sangre y la frontera entre la vida y la muerte. Al cumplirse el plazo, la madre ofrecía un cordero o, si era pobre, dos tórtolas o dos palominos.

En segundo lugar, aparece la consagración del primogénito (Ex 13, 2.12-15). Esta ley recordaba que todo varón que «abre la matriz» pertenece a YHWH, como memoria perpetua de la noche de la Pascua en Egipto, cuando Dios salvó a los primogénitos de Israel. Originalmente, estos niños debían servir al culto, pero más tarde esa función fue asumida por la tribu de Leví.

Esto nos lleva a la tercera institución: el rescate del hijo o Pidyon HaBen (Nm 18, 15-16). Dado que el niño pertenecía a Dios pero ya no servía en el Templo, los padres debían «rescatarlo» pagando cinco siclos de plata al sacerdote. En la halajá (ley judía), este rito es un acto de desacralización: mediante el pago, el niño quedaba desligado del servicio templario. El sacerdote recibía el dinero y el niño regresaba a la vida civil.

La novedad teológica en el relato de san Lucas

Cuando leemos el relato de la Presentación de Jesús (Lc 2, 22-40), san Lucas realiza una composición teológica deliberada. Es curioso notar que Lucas utiliza el plural: «cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación de ellos» (Lc 2, 22). Aunque la ley solo obligaba a la madre, el evangelista presenta a la Sagrada Familia como una unidad de piedad.

Lo más relevante es que Lucas omite por completo el rito del rescate. No menciona los cinco siclos de plata. ¿Por qué? Porque Jesús no es rescatado del Templo; Él es el Señor que entra en su santuario para entregarse definitivamente al Padre. Lucas mira hacia atrás, a la figura de Samuel, cuya madre, Ana, no lo rescató, sino que lo entregó al santuario de Silo para siempre (1 Sam 1). Jesús es el nuevo Samuel, el primogénito que permanece consagrado.

Por tanto, la presentación de Jesús no es el cumplimiento de un trámite de rescate, sino una epifanía. El niño es presentado como «luz para iluminar a las naciones» (Lc 2, 32). Esta es la clave: en Cristo, la presentación deja de ser una liberación de una deuda antigua para convertirse en una ofrenda total de la vida.

Del rito europeo a la «Benedictio mulieris»

Durante siglos, la Iglesia mantuvo una sensibilidad especial hacia el regreso de la madre al templo tras el parto. En Europa, esta práctica recibió diversos nombres que reflejaban la cultura local pero compartían la misma raíz litúrgica del Rituale Romanum tradicional: la Benedictio mulieris post partum.

En España, esta costumbre se conoció popularmente como la misa de parida o la sacada a misa. Era un momento de gran relevancia social donde la mujer, portando una vela encendida, era recibida por el sacerdote en el umbral de la iglesia. En Italia, se le llamaba la messa della puerpera. La liturgia era cuidadosa: el sacerdote vestía estola blanca —signo de alegría— y rezaba el Salmo 23, que celebra la entrada del Rey de la Gloria. La fórmula era clara: «Ingredere in templum Dei» (Entra en el templo de Dios).

Lamentablemente, la piedad popular a menudo leyó este gesto como una «limpieza» necesaria porque se creía que la mujer estaba en falta. Esta ambigüedad histórica alimentó la idea de que la presentación era un rito de expurgación, cuando en realidad la Iglesia siempre lo propuso como una acción de gracias por el don de la vida y la supervivencia de la madre.

El origen de las presentaciones de los tres años en México

Una de las tradiciones más arraigadas en el mundo hispano, especialmente en México, es llevar a los niños a presentar al templo a los tres años de edad. Muchos padres creen que esto tiene una base bíblica directa con Jesús, pero la historia es distinta.

Esta costumbre nace en el siglo XIX, durante la época de la Reforma juarista. En un contexto de altísima mortalidad infantil, llegar a los tres años de vida era considerado un verdadero milagro. Las familias acudían a la iglesia para celebrar que el niño había sobrevivido a la etapa más crítica de la infancia. Con el tiempo, esta acción de gracias se mezcló con el relato del apócrifo Protoevangelio de Santiago, que narra cómo la Virgen María fue presentada en el Templo por sus padres, Joaquín y Ana, precisamente a la edad de tres años.

Lo que comenzó como una misa de gratitud por la vida se convirtió, por confusión, en un rito que muchos padres ven como sustituto del Bautismo o como una «confirmación infantil». Sin embargo, debemos recordar que la presentación de María en el Templo es una tradición piadosa, no un mandato sacramental.

El Bautismo como la plenitud de toda presentación

¿Por qué decimos que el Bautismo ha sustituido y elevado estas prácticas? Porque el Bautismo no es un simple deseo humano de dedicar un niño a Dios, sino un acto eficaz de Cristo que injerta al niño en su propia Vida. Mientras que en el rito antiguo se rescataba al niño para que no tuviera que servir en el Templo, en el Bautismo el niño se convierte él mismo en Templo vivo del Espíritu Santo.

El Bautismo realiza lo que la presentación antigua solo prefiguraba:

  1. La verdadera purificación: No una limpieza ritual exterior, sino la remoción del pecado original y la infusión de la gracia santificante.
  2. La consagración definitiva: El niño ya no pertenece al mundo, sino que es marcado con el carácter indeleble de Cristo.
  3. La inserción en el Cuerpo de Cristo: Ya no es un individuo presentado ante un sacerdote, sino un miembro vivo de la Iglesia.

Presentar a un niño sin bautizarlo es, en términos teológicos, un gesto vacío. Es como invitar a alguien a una fiesta pero dejarlo afuera en la acera. El rito de presentación que vemos en Lucas encuentra su cumplimiento cada vez que un niño es acercado a la fuente bautismal. Allí, Dios entrega gratuitamente su propia Vida Divina al infante.

La confusión con la «dedicación» protestante

No podemos ignorar que la fuerza actual de las «presentaciones» tiene mucho que ver con la influencia de grupos evangélicos. Al rechazar el bautismo de niños, ellos han creado el rito de «dedicación». Es una ceremonia simbólica donde los padres prometen criar al niño en la fe.

Muchos católicos han empezado a ver la presentación parroquial como algo similar a esa dedicación: un rito social sin compromiso. Pero debemos ser firmes: la dedicación protestante nace de una negación de la gracia bautismal infantil. Para nosotros, los católicos, el niño ya es capaz de recibir a Dios. No necesitamos «dedicarlo» mientras esperamos; necesitamos hacerlo hijo de Dios hoy mismo.

El tesoro del Bendicional: bendiciones para el recién nacido

Para los padres que desean una bendición antes del Bautismo, la Iglesia ofrece el Bendicional. No es necesario inventar ritos paralelos. Existen oraciones oficiales para:

  1. La bendición de los niños antes del bautismo: Una oración de protección y preparación que se encuentra en el capítulo IV del Bendicional.
  2. La bendición de la mujer después del parto: Que recupera el sentido de la acción de gracias pero sin sombras de «impureza». Ahora es un rito de alegría por la maternidad (capítulo VII, nn. 236-257).
  3. La bendición de los niños ya bautizados: Para renovar la gracia de su inserción en Cristo.

Incluso, el nuevo Ritual del Bautismo de Niños integra la bendición de la madre y del padre al final de la celebración. La Iglesia ha querido que el agradecimiento y la presentación ocurran cuando el cielo se abre para el pequeño.

Hacia una pastoral de la verdad

Padres de familia: no se queden en los umbrales. No busquen solo «presentar» a sus hijos como se presenta un objeto valioso; busquen que sus hijos se conviertan en hijos de Dios. La bendición del recién nacido es hermosa y la Iglesia la concede con gusto, pero esa bendición es solo la aurora que anuncia el sol: el sol es el Bautismo.

Como les dije a aquellos padres en la anécdota del inicio: nosotros no somos sacerdotes judíos rescatando niños. Somos ministros de Cristo que tienen el poder, por el sacramento, de abrir las puertas del Reino. Yo no le presento a nadie a Dios, yo puedo hacerlo hijo de Dios. No se conformen con menos.

Documentos para leer e informarse mejor:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1213-1257.
  • Rituale Romanum, Tit. VII, cap. III: Benedictio mulieris post partum.
  • Bendicional, nn. 215-257 (Bendiciones relacionadas con el nacimiento).
  • Ordo Baptismi Parvulorum (Ritual del Bautismo de Niños), nn. 157-160.
  • Benedicto XVI, La infancia de Jesús, capítulo sobre la Presentación en el Templo.
  • San Lucas 2, 22-40 (Traducción del Libro del Pueblo de Dios)

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