¿En serio nos impusieron una fe? ¿O creemos porque amamos a Jesús?

Pareja joven sentada en las bancas de una iglesia, de espaldas, mirando al altar

Juan Carlos Rivera Zelaya

12 de octubre de 2026

Hace unas semanas vinieron a verme dos jóvenes que se quieren casar. Venían a preparar su matrimonio, y pronto me di cuenta de que no tenían mucha fe. Decían creer en Dios, pero no en la Iglesia. Les costaba creer en algo que, a su modo de ver, les habían impuesto. Sus padres sí son muy devotos. Ellos, en cambio, lo resumían en una frase: «Esa fe vino en las carabelas».

Me quedé pensando en esa frase. Y hoy, 12 de octubre, me parece el día justo para volver sobre ella. El año pasado, por estas fechas, escribí sobre Rubén Darío y la Hispanidad como un proyecto que acoge a todos. Este año no traigo respuestas. Traigo preguntas.

Lo que no niego

Empiezo por lo que no está en discusión. Hubo guerra. Hubo abusos. Hubo matanzas, también por la espada. Y hubo bautismos forzados. No lo niego, y no quiero que nadie lea estas líneas como una manera elegante de esconderlo. La misma Iglesia lo ha reconocido y ha pedido perdón.

Pero la duda de esta pareja no era histórica. Era personal. No me preguntaban qué pasó hace quinientos años. Me estaban diciendo, en el fondo, que su fe no es suya. Y eso merece otra clase de preguntas.

¿Qué fue impuesto?

La primera es sencilla y casi nunca se hace: ¿qué, exactamente, fue impuesto?

Se puede imponer un rey. Se puede imponer un tributo, una ley, una frontera. Se puede obligar a alguien a bautizarse, y eso, que ocurrió, es un abuso contra el sacramento y contra la persona. Se puede obligar a alguien a arrodillarse. Pero ¿se puede obligar a alguien a creer?

Lo que se consigue por la fuerza es una conducta: un gesto, una fórmula repetida, una asistencia obligada. Eso sí se impone. Pero la fe no es una conducta. Es confiar en Alguien. ¿Se puede obligar a alguien a confiar? ¿Se puede obligar a alguien a amar?

¿Así obra Dios?

Cuando Dios quiso entrar en nuestra historia, no lo hizo por decreto. Mandó un ángel a una muchacha de Nazaret, y el ángel esperó su respuesta: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1, 38). Dios pidió permiso.

Entonces la pregunta cambia de lugar. Si alguien impuso la fe por la fuerza, ¿actuaba según el Evangelio o en contra de él? Y si actuaba en contra, ¿es justo culpar al Evangelio de lo que hicieron quienes lo traicionaron?

¿Es su fe una imposición?

Ahora la pregunta es para usted, estimado lector, que quizá hoy celebra su fe.

¿Se siente usted obligado a creer? Cuando reza, cuando se confiesa, cuando recibe la Eucaristía, ¿lo vive como una cadena que le pusieron otros? ¿O se siente libre por el Evangelio? San Pablo lo dijo sin rodeos: «Esta es la libertad que nos ha dado Cristo» (Gál 5, 1). Y Jesús prometió: «La verdad los hará libres» (Jn 8, 32).

Si su fe fuera una imposición, ¿no debería sentirla como un peso? ¿Y por qué tantos la viven, en cambio, como lo que los ha hecho libres?

Creer en Dios, pero no en la Iglesia

Me queda la frase de aquella pareja: creer en Dios, pero no en la Iglesia. Tampoco la quiero despachar en dos líneas. Solo les dejo, a ellos y a usted, una pregunta para pensar: ese Dios en el que todavía creen, ¿de quién lo recibieron? ¿Quién les habló de Él por primera vez?

Lo que dejo abierto

No le voy a dar ahora mi respuesta. Prometo volver sobre ella. Por ahora le dejo la pregunta que de verdad importa, para que la lleve consigo este 12 de octubre: ¿cree usted porque se lo impusieron, o porque ama a Jesús?

Si quiere, déjeme su respuesta en los comentarios.

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