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¿Puede un católico celebrar Halloween? Ni miedo ni frivolidad

Iglesia colonial blanca con dos calabazas de Halloween frente a la puerta

Juan Carlos Rivera Zelaya

26 de octubre de 2026

Estos días me lo preguntan en todas partes. Me lo preguntan en la catequesis, me lo preguntan los jóvenes, me lo pregunta la gente común. Y en las redes el tema está más presente que nunca, porque se acerca la fecha. ¿Puede un católico celebrar Halloween? ¿Puede disfrazar a sus hijos y salir con ellos a pedir dulces?

Le doy mi respuesta personal: sí y no.

Sí: disfrazarse no es pecado

Uno se puede disfrazar cualquier día del año. Disfrazarse no es ningún pecado. En Halloween, depende de qué. Si todos sus compañeros van disfrazados a la escuela, no veo por qué el niño tendría que ser el único que no lo hace. La pregunta no es si se disfraza, sino de qué se disfraza.

Lo mismo pasa con los dulces. Los dulces no son el problema, ni salir a pedirlos. Los nicaragüenses lo sabemos bien: cada 7 de diciembre, en La Gritería, salimos de casa en casa gritando «¿Quién causa tanta alegría?», y nos responden «¡La Concepción de María!» con dulces y regalos. Yo suelo decir, medio en broma, que La Gritería es el Halloween católico. No le veo ningún problema a ir de puerta en puerta.

No: dónde está el problema

El problema está en otra parte, y son dos cosas.

La primera es tratar de encajar en las modas. Hacer algo solo porque todos lo hacen, sin preguntarse qué es ni qué significa. San Pablo lo advertía: «No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2).

La segunda es no saber que hay muchas personas que usan esta fiesta como una especie de culto o de alabanza a lo demoníaco, a lo satánico, a lo oculto. Eso existe, y un cristiano no puede ignorarlo ni participar de ello.

Los dos extremos

Ante Halloween veo dos actitudes que me preocupan, y son opuestas.

Una es el miedo exagerado. Hay quienes ven en todo algo satánico: en una calabaza, en un disfraz de abeja, en una bolsa de dulces. Viven esa noche como si el demonio anduviera suelto y tuviera más poder que Dios. A ellos les recuerdo lo que dice san Juan: «aquel que está en ustedes es más grande que el que está en el mundo» (1 Jn 4, 4). Un bautizado no tiene que vivir con miedo.

La otra es la frivolidad. Hay quienes no ven nada malo en nada, sobre todo en el culto a la muerte y a lo macabro: casas decoradas con cadáveres, niños disfrazados de asesinos, la muerte convertida en espectáculo. Es asombroso lo que hemos llegado a normalizar.

Entre los dos extremos está el camino de siempre: «examínenlo todo y quédense con lo bueno» (1 Tes 5, 21).

El sentido que se perdió

Lo que más me duele es que se ha perdido el sentido de esta noche. La palabra misma lo dice: Halloween viene del inglés antiguo All Hallows’ Eve, la víspera de Todos los Santos. Históricamente era la noche de preparación para la gran fiesta del 1 de noviembre. Y prácticamente se ha vuelto la fiesta de todos los demonios.

Se han hecho buenas alternativas. En Francia nació Holywins («lo santo gana»), que organiza fiestas de santos para los niños esa noche. Es una buena iniciativa, pero, a mi juicio, termina disfrazando algo que ya de por sí empezó mal. No se trata de inventar una fiesta paralela, sino de devolverle a esta su sentido.

Lo que le propongo a una familia católica

Actuar con normalidad. El 31 de octubre no es un día ni más ni menos que los demás. El día especial es el siguiente: la fiesta de Todos los Santos. Este año, además, cae en domingo, así que la misa del 1 de noviembre la tenemos asegurada.

Le doy una idea: disfrace a su hijo de santo. De san Francisco, de santa Teresita, de san Juan Diego, del santo de su nombre. Y aprovéchelo para contarle quién fue. Ayúdele a comprender y a diferenciar, sin escandalizarse y sin preocuparse porque el demonio esté presente.

Creo que la mejor forma de vivir esta noche es darle su sentido correcto y priorizar lo que de verdad importa: el día de Todos los Santos. Y recordarles a los niños, y a nosotros mismos, que estamos llamados a ser santos. Porque, como dice la carta a los Hebreos, «estamos rodeados de una verdadera nube de testigos» (Heb 12, 1). Esos testigos son los que celebramos el 1 de noviembre. Que nuestros hijos los conozcan, y que algún día se cuenten entre ellos.

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