El Triduo Pascual: memorial litúrgico

Resucitó

Juan Carlos Rivera Zelaya

3 de abril de 2026

A menudo, cuando nos acercamos a las celebraciones de la Semana Santa, corremos el riesgo de convertirnos en espectadores de un drama antiguo. Es fácil conmoverse ante una película que retrata con crudeza la pasión o conmoverse con la lectura de alguna visión mística, pero la fe católica nos ofrece algo infinitamente más profundo y real: la liturgia.

La Iglesia nos enseña que la liturgia no es una creación humana arbitraria ni un espectáculo diseñado para entretener a una audiencia pasiva. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, ella es «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10). En estas líneas, quisiera invitarlos a redescubrir la gracia de estar con Cristo, no como quien mira una fotografía de hace dos mil años, sino como quien participa de un evento que ocurre aquí y ahora.

Más que un recuerdo, un memorial sagrado

Existe una palabra hebrea fundamental para entender lo que sucede en el altar: zikkaron. En nuestra lengua solemos traducirla habitualmente como memoria o recuerdo, pero su significado bíblico es mucho más potente y vital. El memorial no es la simple evocación intelectual o sentimental de un hecho pasado, como quien recuerda un aniversario civil o una fecha histórica que ya no volverá; es, en realidad, una actualización sacramental de la obra de Dios en la historia.

En la mentalidad bíblica, cuando el pueblo de Israel celebraba la Pascua, no solo recordaba la salida de Egipto como un dato de sus antepasados, sino que cada generación se hacía partícipe de esa misma liberación. De la misma manera, en la liturgia católica, el memorial hace que el acontecimiento del pasado se haga presente y actual para nosotros. No es que Cristo muera de nuevo en cada misa, pues su sacrificio es único y definitivo, realizado una vez para siempre —lo que en teología llamamos el ephapax—; sino que ese único sacrificio se hace presente sobre el altar de modo que podamos entrar en él con toda nuestra existencia. La consecuencia de esto es asombrosa: la liturgia nos permite ser contemporáneos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, borrando las fronteras del tiempo cronológico para sumergirnos en el kairos o tiempo de Dios (CCE 1363-1364).

Cuando Cristo nos dijo: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22, 19), no nos estaba pidiendo que simplemente pensáramos en Él. Nos estaba otorgando la capacidad de entrar en su propio sacrificio. En cada misa, y de manera eminente en el Triduo Pascual, el tiempo se detiene y se abre a la eternidad. El mismo acto de amor redentor que ocurrió en el Gólgota se hace presente sobre el altar de nuestra parroquia. Por eso, no somos dueños del rito, sino sus custodios. Al participar en la liturgia, entramos en un diálogo divino que trasciende el espacio y el tiempo, permitiendo que la gracia transforme nuestra realidad cotidiana.

El Triduo Pascual: el paso del Señor en nuestra carne

El Triduo Pascual —Jueves Santo, Viernes Santo y Vigilia Pascual— no constituye un conjunto de celebraciones aisladas o independientes entre sí, sino que se despliega ante nosotros como una única y gran acción sagrada. Es un solo movimiento litúrgico, un gran día que dura tres jornadas, que nos sumerge en el pesaj, ese paso glorioso de Cristo desde la muerte hacia la plenitud de la vida. Durante estas jornadas de gracia, la liturgia no se limita a conceptos abstractos; por el contrario, impacta deliberadamente todos nuestros sentidos para que el misterio no se quede únicamente en una comprensión intelectual de la cabeza, sino que logre bajar profundamente al corazón y se sienta en la propia piel a través de los signos sensibles.

El Jueves Santo, al contemplar el gesto del lavatorio de los pies, tocamos la humildad extrema de un Dios que se hace siervo, y al participar del banquete eucarístico en la Cena del Señor, experimentamos la entrega total de quien se ofrece como alimento real para nuestro peregrinar. El Viernes Santo, envueltos en un silencio denso que nos invita a la introspección, nos acercamos a la adoración de la cruz para contemplar el madero del que colgó la salvación del mundo, entrando en contacto directo con el misterio del dolor redentor. Finalmente, en la noche santa de la Gran Vigilia Pascual, realizamos el tránsito definitivo: pasamos de la oscuridad total que simboliza el vacío del sepulcro a la luz radiante del Cirio Pascual, y del silencio expectante al estallido festivo del canto del Aleluya, que anuncia con gozo la victoria definitiva del Resucitado.

Es una experiencia escatológica donde ya estamos pregustando la gloria eterna. Como bien se nos recuerda en el Concilio Vaticano II, en la Eucaristía «se nos da una prenda de la gloria futura» (SC 47). No es una representación; es la realidad de nuestra salvación que se despliega ante nuestros ojos, pidiendo una respuesta de asombro y adoración.

Una invitación a la contemplación litúrgica

Mi invitación para estos días santos es que vivamos la liturgia con ojos nuevos. Dejemos de lado la tentación de ser simples observadores y permitámonos ser parte del Cuerpo Místico que responde a su Cabeza. La liturgia es el lugar donde la teología se hace vida y oración.

No necesitamos buscar revelaciones extraordinarias o experiencias externas fuera de lo que la Iglesia ya nos ofrece en su sabiduría mistagógica: en sus ritos y normas que nos introducen de forma segura en la vida divina. Prestemos una atención profunda y vivamos con intensidad cada rito, cada gesto del celebrante que hace presente a Cristo, cada canto que eleva nuestra plegaria común y cada silencio elocuente donde el Señor nos habla al oído.

Vivamos este Triduo Pascual con la conciencia de que Cristo nos ha llamado para estar con Él en su hora. No es una película, no es un libro; es el Señor vivo que sale a nuestro encuentro para hacernos partícipes de su resurrección. Que en cada signo sensible —el pan, el vino, la luz, el agua— podamos reconocer el paso de Dios por nuestra vida.

Para profundizar y orar:

  • Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia (Vaticano II).
  • Instrucción General del Misal Romano (IGMR).
  • Catecismo de la Iglesia Católica, numerales 1066-1209 (El Misterio Pascual en los Sacramentos de la Iglesia).

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